Relata una de tus travesuras de infancia. Imagina que quien te leerá jamás cometió una y se privó de ese mundo singular. Aquí van dos ejemplos:
Autor: Alberto Hermosillo
Estaban ya próximas las vacaciones de invierno. Yo las disfrutaba un poco más porque mi familia insistía —bueno, me obligaba— a salir una semana antes que los demás compañeros. Aún estaba en la primaria, así que supongo que no me perdí alguna lección crítica para la vida.Todo porque las vacaciones las pasaríamos con la familia de mi mamá, en su tierra, Mazatlán, y los boletos de avión eran caros desde entonces. Había que aprovecharlos.Mientras empacabamos maletas, me entercaba en empacar la mía propia. En aquel entonces llevar equipaje no costaba tanto como hoy. Y todo porque desde antes de abordar siquiera ya tenía mis planes con los hijos de mi tía favorita. Ya me imaginaba las maratónicas desveladas con ellos jugando los escasos juegos de “Nintendo”, el legendario NES.En una abrupta vuelta a la realidad, algunos tíos, incluyendo a la tía favorita, nos fueron a recoger del aeropuerto en una de esas camionetas de rancho. Después de eso, ningún Safari ha tenido gracia de lo mansos que se han sentido.Ingenua mi mamá, que creyó tendría oportunidad de convencerme de que durmiera con ellos en casa de mi abuela. No pisé esa casa sino hasta una semana después de haber llegado.¿Qué hacíamos en casa de mi tía? Nada. Esa era la verdadera belleza de las vacaciones. Una casa que por fuera parecía cualquier otra, pero que por dentro tenía esa atmósfera cálida —por los habitantes y por la luz amarillenta que entraba de las ventanas malcolocadas y obstruídas— para 3 primos ociosos.Mi tía se iba desde temprano al trabajo. Mi primo, el menor de sus hijos, se iba solo a la escuela secundaria. Para bien o para mal, su escuela estaba justo enfrente de su casa.Digo se iba, porque desde que llegué a su casa, él tampoco asistía. Eso le daba más emoción a las actividades de esparcimiento que practicábamos en el parquecillo.En una ocasión, salieron un par de sus compañeros a decirle que su maestra había amenazado con reprobarlo si no entregaba una tarea. En su momento me dio risa nada más, pero después de un tiempo aprecié la ironía de haberlo visto brincar la barda para entrar a su escuela.Creo que él era demasiado listo para su clase. Pocos minutos después salió por la reja, escoltado por algún prefecto, con una sonrisa victoriosa.—Vamos a enseñar a volar a las cachoras —me dijo.Yo no sabía que era una cachora, hasta que me mostró una lagartija de esas güeras, envuelta en un calcetín sucio.—Tú haces los aviones, y yo la aviento— me dijo, demasiado seguro de que aceptaría. Tal vez asumía que yo sabía de eso por ser mi papá piloto.—Bueno. —Acepté, más por asco de agarrar una lagartija que por saber de aerodinámica.Me dio su libreta toda maltratada y con sólo unas cuantas hojas sujetas al espiral. El ver que usaba cuaderno profesional sólo reafirmó su posición de líder del equipo.Arranqué una hoja, con mucho cuidado doblé el borde que tenía la pelusita y remarqué el doblez con mi uña (y con saliva) para preparar la hoja perfecta. Era una misión crítica. Después de todo habría vida a bordo.Doblé la hoja con tanta precisión como pude. Elegí el modelo más robusto que me sabía. Quise implementar algunas mejoras que acababa de aprender de un libro de aviones de papel de esos de Selector que vendían en el supermercado que me había regalado mi papá hacía algunos meses, pero el tiempo era escaso. Sólo cerré un ojo, y puse el avioncillo contra el sol para verificar la inclinación de las alas como si de verdad supiera lo que hacía.—Ya, perfecto. — mi primo exclamó mientras me arrebataba el avión. El ruido en su escuela aumentó súbitamente. Tomó el calcetín con la lagartija, la aturdió un poco, y la colocó como pudo en el cuerpo del avión.Yo nada más veía atento al desempeño de la aeronave y al éxito de la misión (que no sabía cuál era) mientras él se acercaba a la barda de su escuela.Con premura mi primo lanzó a la primera lagartija piloto de nuestra historia, sólo para ver cómo se separaban antes de cruzar la barda. El avión no fue lo suficientemente rápido, y la lagartija, bien entrenada, dio todo por la misión: los gritos de las niñas de un salón me hicieron imaginar cómo la lagartija se infiltraba en el aula, haciendo a su especie aún más temida por su nueva capacidad de volar.Entre los gritos sonó la chicharra de salida. Cientos de niños corrieron hacia afuera de lo que en ese momento parecía ya una prisión. Mi primo reaccionó, recogió el lento avión de papel, y me jaló a refugiarnos tras la reja de su casa.En un acto de enojo fingido, tomó el avión con la clara intención de estrellarlo contra su reja de barrotes gruesos y lo lanzó. Se enojó de verdad cuando ambos vimos que el avión pasó entre los barrotes, aterrizando elegantemente en la jardinera.Eso lo enojó un poco, pero a ambos nos causó más gracia. Como buenos niños, persistimos —bueno, él persistió— e intentó destruirlo de nuevo. El avión fue más insistente y volvió a esquivar los barrotes.Ambos nos miramos en asombro. No aceptamos la coincidencia, así que nos dispusimos a conseguir que ese avión chocara. Literalmente pasamos horas (o se sintió como horas) intentándolo.—¡A que no haces otro como ése! —me desafió.—¡A que sí! —respondí, con la arrogancia inocente de un niño.No recuerdo cuántos días pasé doblando hojas de papel tratando de reconstruir aquella maravilla barata. Intenté de todo, incluso desdoblarlo y volverlo a doblar en la misma hoja. Todos los demás fracasaban, y el original, viejo y maltratado, seguía burlándose de los barrotes, y de nosotros, cuando lo veíamos tocar tierra con elegancia y aplomo.Renuentes, una noche, lo aceptamos como un fenómeno incomprensible. Esa noche, a pesar del frío, seguíamos admirando cómo sin importar desde dónde lo lanzáramos, el avión cruzaba la reja sin chocar. Sin decirlo, sabíamos que ése había sido un logro que nadie nos creería, y nuestra mutua inclinación por la ciencia —no por la escuela— no nos permitió reproducir nuestro éxito.Mientras estábamos sentados en la banqueta, ya resignados, lo lanzamos hacia atrás contra la reja, confiados en que no chocaría.—Niños vénganse a abrir sus regalos de Santa —nos dijo la gran tía favorita, gritando golpeado como solía hablar. Lo de gran era por su tamaño.Ambos volteamos asustados a verla. Ya estaba de espaldas entrando a su casa. Sin decirnos una palabra, nos preguntamos por el avión. Tardamos segundos eternos en encontrarlo. Y no nos gustó encontrarlo, porque estaba pegado al tacón de mi tía.Yo no recuerdo qué regalos nos trajo Santa —o bueno, con qué hostigamos a nuestros padres— para esa Navidad. Estoy seguro que mi primo tampoco.Autor: WaxywoxTe comparto algo de lo que hacíamos de niños con los primos durante las vacaciones o en cualquier tiempo en que nos juntáramos.
Normalmente en tiempo de vacaciones lo que hacíamos era visitar a las tías y pasarnos el día en su casa, ya sabes, adultos platicando, niños aburridos buscando que hacer. A mí lo que me gustaba hacer era subirme a los árboles y a las azoteas. Como los anfitriones no dejaban que uno hiciera más que ellos se trepaban también tratando de ver quien llegaba mas alto. Confieso que en una ocasión tuvieron que bajarme porque subí tanto que al mirar hacia abajo me dio miedo, supongo que eso les pasa a los gatos a veces.
La diversión era mayor cuando el árbol estaba cerca de la casa y podíamos brincar a la azotea. Debido a que muchas veces no había escaleras, tuve que desarrollar habilidades arácnidas para descolgarme de las ventanas, balcones, puertas, o ingeniarme junto con algún primo a hacer las veces de trapecistas para que las mamás no se enteraran que nos quedamos en la azotea sin poder bajar.
Otra de las cosas que hacíamos era por las noches cuando nos quedábamos a dormir en la casa de los primos o ellos en la mía era simular nuestros cuerpos bajo las sábanas, en ese entonces era muy común el uso de pelucas y como nuestras madres estudiaron estilismo, tenían bustos que usábamos para hacer convincentes cuerpos de mentiras. Luego salía uno de nosotros todo asustado hablándole a los adultos, diciendo que estábamos muy raros que no nos movíamos (hasta llegando a decir que estábamos muertos). Al final la diversión era ver la cara de espanto de la gente desde el closet para luego salir burlescos a reírnos en sus caras, al final valía la pena el regaño.
Además éramos muy competitivos, en la calle hacíamos carreras de patines, patinetas, zancos, avalanchas, bicicletas y cualquier cosa que se moviera. Obvio las caídas, esguinces y raspadas eran cosa cotidiana.
Y mira que yo era de los tranquilos, me faltó comentarte de cuando incendié un guayabo de mi madre, de cuando me caí del columpio de cabeza o cuando me hice la pinta y me caí en un canal de aguas negras… y así… con todo había primos mas vagos que yo.


